Historias

Bautizados en el Espíritu: El testimonio de Juan el Bautista y la misión de Cristo

18 ene, 06:00 a. m.
El Evangelio profundiza el misterio del Bautismo de Jesús a través del testimonio de Juan el Bautista. Esta reflexión explora la venida del Espíritu Santo “como paloma,” el bautismo como inmersión en el Espíritu y la misión de Cristo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

 

Por Fr. Anh Nhue

Por Providencia divina, la liturgia de la Iglesia de este domingo nos ofrece, a través de las lecturas bíblicas y, sobre todo, del Evangelio, la oportunidad de profundizar en el misterio del Bautismo de Jesús, celebrado hace una semana. Teniendo presente este acontecimiento fundamental en la vida y misión de nuestro Señor y todo lo que hemos meditado, reflexionemos ahora juntos sobre algunos aspectos del bautismo que el Evangelio quiere subrayar con el testimonio, a este respecto, de Juan el Bautista.

1. Una aclaración necesaria sobre la visión de Juan el Bautista

El Bautista, después de haber bautizado a Jesús en el río Jordán, da testimonio de lo sucedido diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él». También encontramos esta descripción en los relatos de los otros evangelios. A este respecto, como mirada más cercana, podemos formular una sencilla pregunta: “¿Qué vio y contempló Juan el Bautista en aquel momento?”. La pregunta parece trivial, pero no lo es, porque algunos, de hecho muchos, responderían inmediatamente: “Vio una paloma”. ¡Y esa es la respuesta equivocada! Según la declaración literal de Juan el Bautista, ¡él vio al «Espíritu que bajaba del cielo como una paloma» y no “una paloma”! ¿Qué significa la palabra clave “como”? “Como” significa “como” (!) y no “exactamente como”. Sí, me gustaría reiterar: “El Bautista vio/contempló al Espíritu Santo y no a la paloma”. Llegados a este punto alguien podría decir: “¡Padre, pero si en todos los cuadros e imágenes del Bautismo de Jesús siempre se ve una paloma!”. Yo respondo: “Sí, porque siempre será más fácil pintar una paloma que el Espíritu, ¿no?”. Pero hay que tener muy claro qué experimentó realmente el Bautista, tal como señala el Evangelio.

El significado preciso de la palabra “como” sirve para recordar el carácter misterioso de lo sucedido. Se trata de un misterio inenarrable (y, por tanto, siempre escudriñable) de la manifestación de la Trinidad y, en particular, del Espíritu Santo que desciende sobre Jesús bautizado al comienzo de su misión. Del mismo modo, también el descenso del Espíritu Santo sobre María y los discípulos en el Cenáculo, al comienzo de la proclamación de Cristo resucitado y de su Evangelio al mundo, seguirá siendo un misterio jamás captado por la percepción humana, como se desprende del uso de la misma palabra “como”: «Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos del Espíritu Santo» (Hch 2,3-4). No era fuego, sino el Espíritu descendiendo misteriosa y místicamente «como llamaradas». (Después de todo, si hubiera habido fuego real sobre las cabezas de María y los discípulos, ¡se les habría quemado todo el pelo!). Además, precisamente en el acontecimiento de Pentecostés se vislumbra el cumplimiento de lo que Juan Bautista anunció sobre la misión de Jesús: «es el que bautiza con Espíritu Santo» (Jn 1,33).

2. «...como una paloma...»

A este respecto, surge espontáneamente una pregunta: ¿cómo es que en el río Jordán el Espíritu descendió sobre Jesús “como una paloma”, mientras que más tarde descendió sobre los discípulos “como llamaradas”? Alguien podría responder bromeando: “Padre, no lo sé, ¡pregúntale al Espíritu! Él quería hacerlo así”. Ciertamente, sólo el Espíritu sabe exactamente por qué, pero a la luz de las Escrituras podemos vislumbrar la razón de la manifestación del Espíritu “como una paloma”. 

En primer lugar, hay que recordar que, al principio de la creación, «el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas» (Gn 1,2), y la tradición judía ve aquí al Espíritu precisamente como una paloma que sobrevuela las aguas del caos primordial, actuando durante la creación del universo. Así, la imagen del Espíritu como paloma sobre las aguas del Jordán parece indicar, con el bautismo de Jesús, la inauguración de la nueva creación.

Además, como menciona San Gregorio Nacianceno, « [El Espíritu] del mismo modo que la paloma, aparecida en forma visible, honra el cuerpo de Cristo, que por deificación era también Dios. Así también, muchos siglos antes, la paloma había anunciado el fin del diluvio» (cf. Gn 8,11). La imagen de la paloma durante el bautismo de Jesús parece aludir, pues, al inicio de la nueva era de paz mesiánica entre Dios y toda la creación, como luego del diluvio en los días de Noé.

Por último, es interesante observar que en el Antiguo Testamento la paloma se asocia a veces con un pueblo insensato e infiel a Dios. En particular, el profeta Oseas denuncia la actitud de Israel/Efraín: «Efraín es como una paloma, ingenua y sin cordura» (Os 7,11); no busca ayuda en Dios, sino en potencias extranjeras. En esta perspectiva, también se podría vislumbrar en el posarse de la paloma sobre Jesús una alusión a la misión de Cristo, el Hijo de Dios: desde el momento de su bautismo, es decir, la inmersión, en el agua del Jordán, Él carga místicamente sobre sus hombros a todo el pueblo junto con el peso de sus pecados, hasta su bautismo de sangre en la cruz, cuando Jesús, con el sacrificio supremo de su vida en obediencia y fidelidad a Dios, realiza la purificación de todos los pecados del mundo, particularmente ese singular pecado -madre de los pecados- como es la desobediencia/infidelidad a Dios. Precisamente desde esta perspectiva, Juan anuncia solemnemente a propósito de Jesús: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29) (donde se subraya el sustantivo singular).

3. «El Cordero de Dios», «ese es el que bautiza con Espíritu Santo»

De lo que hoy se ha profundizado sobre el testimonio de Juan el Bautista, se desprende claramente la doble naturaleza de la misión de Jesús. Por un lado, Él es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», y por otro, «ese es el que bautiza con Espíritu Santo». En realidad, estos dos aspectos están intrínsecamente relacionados. La limpieza de los pecados tiene lugar precisamente con y en el Espíritu Santo, que purifica y santifica. Por eso, san Juan Evangelista subraya que, inmediatamente en el primer encuentro con los discípulos después de la resurrección, Jesús les envió su Espíritu para la remisión de los pecados: «sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados”» (Jn 20,22-23).

Como se explica en la Fiesta del Bautismo, bautizar significa sumergir. Por tanto, el bautismo en el Espíritu Santo que Jesús ofrece será la inmersión en el Espíritu, y ésta encuentra su cumplimiento ya el día de la resurrección de Cristo para los primeros discípulos (y luego culmina con el acontecimiento del descenso del Espíritu en Pentecostés). Hay que señalar que, justo antes de la transmisión del Espíritu a los discípulos, Cristo resucitado envía a los suyos a continuar su misión (¡y ésta es su primera “orden” a los discípulos después de la resurrección!): «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Los discípulos son invitados a continuar la misma cadena de misión que Jesús cumplió a instancias del Padre. En concreto, al igual que Jesús y por mandato suyo, ahora también son enviados a “bautizar” a todos en el Espíritu Santo para el perdón de los pecados.

El bautismo o inmersión en el Espíritu será la misión perenne de Jesucristo, Hijo y Siervo de Dios, para llevar la «salvación alcance hasta el confín de la tierra». Lo sigue haciendo también en este nuestro tiempo, en este nuestro nuevo año, con y en cada uno de sus discípulos, ya bautizados/inmersos en el Espíritu por la gracia divina y llamados ahora a vivirlo y transmitirlo a los demás en todos los rincones de la tierra. Que todos los que hemos sido bautizados ardamos en el santo deseo del propio Jesús de transmitir a todos el Espíritu Santo, más aún, de sumergir a todos en el fuego del Espíritu Santo, en virtud del bautismo supremo que realizó en la cruz. Que llevemos siempre en el corazón estas conmovedoras palabras de Jesús: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!» (Lc 12, 49-50). Hoy y siempre. Amén.

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