“Sin el subsidio posible gracias a la Jornada Mundial de las Misiones, sería casi imposible reabrir el próximo año académico.”
— P. Michael Boakye Yeboah, Rector en funciones
En las colinas a las afueras de Kumasi, Ghana, donde el llamado a la oración se mezcla con el susurro de las palmeras y el murmullo de las granjas cercanas, el Seminario Mayor Provincial San Gregorio Magno se alza como un faro de esperanza para la Iglesia en África Occidental.
Aquí, 216 jóvenes de seis diócesis de Ghana viven, rezan y estudian juntos, preparándose para dedicar sus vidas al servicio del Pueblo de Dios. Su formación —espiritual, humana, pastoral e intelectual— es posible gracias al apoyo de católicos de todo el mundo que colaboran con la Obra de San Pedro Apóstol, una de las cuatro Obras Misionales Pontificias.
“Desde los inicios del seminario, las Obras Misionales Pontificias han sido de una ayuda enorme para nosotros”, afirma el padre Michael Boakye Yeboah, rector en funciones del seminario. “Sin el subsidio posible gracias a la Jornada Mundial de las Misiones, sería casi imposible reabrir el año académico 2026-2027.”
Ese subsidio anual, explica, cubre lo esencial de la vida cotidiana. “Se utiliza principalmente para alimentar a los seminaristas”, señala. “Los agricultores locales de las seis diócesis nos envían alimentos, pero es el subsidio el que constituye la base principal de los fondos necesarios para alimentarlos.”
Las facturas de electricidad, el combustible para el generador y el mantenimiento de los pozos que suministran agua potable a la comunidad también dependen de esos fondos. “La mayoría de nuestro personal docente y no docente solo recibe un pequeño gesto de agradecimiento”, añade el padre Boakye. “Seguimos agradecidos a Dios por regalarle al seminario los servicios de estas personas tan generosas.”
Detrás de cada vocación hay una historia —muchas veces marcada por la resiliencia, la fe y la gratitud—. Para Andrews Kwasi Yeboah, estudiante de segundo año de filosofía, esa historia comienza en los campos de la Región Bono, en Ghana.
“Vengo de una familia humilde y trabajadora, dedicada a la agricultura”, cuenta. Sus padres, ambos pequeños agricultores, trabajaron incansablemente para criar a cinco hijos. Cuando sus padres se separaron, su madre asumió toda la responsabilidad de sacar adelante a la familia. “A través de estos desafíos aprendí los valores de la resiliencia, la vida en comunidad y el trabajo duro”, recuerda.
Su llamado al sacerdocio fue creciendo de manera gradual. “El 1 de enero de 2022, durante un programa de formación espiritual en nuestra parroquia, algo despertó dentro de mí: un deseo auténtico y ardiente de responder al llamado de Dios”, cuenta. Animado por su párroco y un amigo cercano, se postuló al seminario después de terminar la escuela secundaria.
“La vida en el seminario es una experiencia profundamente reflexiva y transformadora”, explica Andrews. “Permite responder de manera significativa al llamado de Dios mientras uno crece espiritual, intelectual, pastoral y humanamente.”
Aunque el camino tiene sus desafíos, afirma: “Los abrazo como parte de mi crecimiento y preparación para servir con entrega en el futuro.”
Para Kelvin Dwomoh Frimpong, el llamado al sacerdocio fue más bien una voz suave pero persistente que se negó a ser ignorada.
“Nací en una familia católica devota en Asante Mampong”, comparte. “Desde muy pequeño participábamos activamente en la vida parroquial: asistir a misa, rezar el rosario, servir en el altar.”
Sintió por primera vez la atracción al sacerdocio siendo niño, mientras era monaguillo. “Admiraba a los sacerdotes que celebraban la Eucaristía con tanta reverencia y humildad”, recuerda. Pero las dudas sobre su propia dignidad lo llevaron por otro camino. Se convirtió en maestro y pasó dos años en el aula. “El llamado no desapareció”, afirma con sencillez. “Solo se intensificó.”
Con la guía de directores espirituales y el aliento de varios sacerdotes, Kelvin ingresó a san Gregorio. “Fue un momento de entrega y confianza en el plan de Dios para mi vida”, recuerda. “El seminario ha sido un camino lleno de gracia, de crecimiento personal, formación espiritual y un profundo autodescubrimiento.”
Ha habido desafíos —dudas, luchas y la complejidad de la vida comunitaria—, pero él los ve como oportunidades para crecer en humildad y madurez. “El sacerdocio no es simplemente una profesión”, afirma, “sino una vocación sagrada, una misión de vida hecha de amor, sacrificio y servicio a Dios y a su pueblo.”
A los 39 años, Paul Badoh es uno de los seminaristas de mayor edad en San Gregorio —lo que el seminario llama un “candidato maduro”—. Su camino hacia el sacerdocio ha sido de todo menos lineal.
“De niño, quería ir a la escuela como los demás, pero mis padres no tenían los medios”, recuerda. En cambio, se convirtió en colocador de cerámicos, perfeccionó su oficio y consiguió trabajo estable. Sin embargo, “mi deseo de infancia de ser sacerdote se volvió más fuerte”.
Animado por su párroco, Paul ingresó a la escuela primaria siendo adulto. “La gente se burlaba de mí porque mis compañeros eran mucho más jóvenes”, cuenta, “pero yo estaba decidido”. Paso a paso, avanzó en su educación, fue admitido en el seminario menor y hoy está en el seminario mayor en Kumasi.
“Fue un sueño hecho realidad”, dice Paul. “Aquí en el seminario mayor, no cargo con la carga económica habitual porque mis cuotas están cubiertas por la generosidad de benefactores de Estados Unidos y de otros lugares.”
Es muy consciente de lo frágil que puede ser ese apoyo. “Sin la generosidad de quienes comparten lo que tienen, no podría seguir mi vocación. Pero sé que Dios siempre tocará el corazón de los benefactores para que podamos continuar nuestros estudios.”
Ghana es hogar de más de 3,5 millones de católicos —alrededor del 10 % de la población— según el Annuario Pontificio 2024. La Iglesia es joven, dinámica y está en crecimiento; pero con ese crecimiento llega también el desafío de formar suficientes sacerdotes para servir a los fieles.
En toda el África subsahariana, el número de seminaristas continúa aumentando, incluso mientras las vocaciones disminuyen en otras partes del mundo. Según datos del Vaticano, casi uno de cada tres seminaristas del mundo estudia hoy en África.
“La formación de sacerdotes aquí no es solo para Ghana, sino para toda la Iglesia”, explica el padre Boakye. “Muchos de nuestros graduados sirven en otros países africanos e incluso más allá.”
En Ghana, donde la agricultura sigue siendo el principal sustento para más del 30 % de la población, muchos seminaristas provienen de familias humildes de agricultores, como Andrews. Su formación —sostenida por la generosidad de católicos de todo el mundo— garantiza que los futuros sacerdotes puedan seguir anunciando el Evangelio en comunidades que tienen hambre no solo de pan, sino también de la Palabra de Dios.
Cada día en san Gregorio comienza con oración y termina con gratitud. “Durante nuestras oraciones comunitarias”, cuenta Paul, “siempre recordamos a nuestros benefactores. Nuestro rector nos recuerda que debemos orar por quienes ayudan a que Dios provea para nosotros.”
La vida de los seminaristas está marcada por la sencillez, el estudio y el servicio —y por la esperanza—. “El día de nuestra ordenación”, dice Kelvin, “no será solo un logro personal. Será el fruto de muchas manos, muchas oraciones y mucho amor.”
Ubicación: Kumasi, Región Ashanti, Ghana
Fundación: 1990
Formación de seminaristas para: Seis diócesis de Ghana
Matrícula actual: 216 seminaristas
Pilares de formación: Humano, espiritual, intelectual y pastoral
Apoyo: Subvencionado por la Obra de San Pedro Apóstol a través de las Obras Misionales Pontificias de Estados Unidos
Visión: Formar sacerdotes santos, preparados y compasivos, listos para servir a la Iglesia en Ghana y más allá.
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