Historias

Luz del mundo

25 ene, 06:00 a. m.
La Liturgia nos invita a contemplar el inicio del ministerio público de Jesús en Galilea, donde la Luz del mundo resplandece para judíos y gentiles. Esta reflexión profundiza en la misión de Cristo—enseñar, proclamar y sanar—y llama a sus discípulos a la conversión continua, la unidad y la misión del Reino de Dios.

 

Por P. Anh  Nhue

La Palabra de Dios en la liturgia de hoy nos invita a contemplar el inicio de las actividades públicas de Jesús, tal como lo relata San Mateo en su evangelio. A partir de los énfasis del evangelista podemos detectar y comprender mejor algunas características fundamentales de la misión de Cristo y, por extensión, de todos sus discípulos. Esta reflexión es muy significativa y más que apropiada en el contexto actual del Domingo de la Palabra y de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que celebramos estos días.

1. «Comenzando por Galilea» 

Es un hecho histórico que Jesús comenzó sus actividades públicas desde Galilea, la región septentrional de la tierra de Israel. Así lo subrayan diversas fuentes y, de manera sintética y emblemática, también el Apóstol San Pedro lo anuncia así en uno de sus discursos de los Hechos de los Apóstoles (que ya hemos escuchado en la Fiesta del Bautismo de este año): «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. 38Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos» (Hch 10,37-38). 

Partiendo de este hecho, el evangelista san Mateo quiso subrayar aún más que se trata de la doble naturaleza de esta Galilea desde la que Jesús inició su misión pública. Por un lado, es la «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí», es decir, el territorio que se entró en herencia a estas dos tribus de Israel (después de que entraran en la Tierra Prometida). Por otro lado, también es llamada «Galilea de los gentiles», es decir, la Galilea de los pueblos paganos, porque tras la caída del Reino del Norte de Israel (721/722 a.C.), fueron a vivir allí pueblos no israelitas que poco a poco poblaron esa región. Esta “doble” identidad de Galilea se menciona en el escrito del profeta Isaías (primera lectura), y la retoma precisamente el evangelista Mateo para subrayar el cumplimiento de la Escritura para el inicio de la misión de Jesús.

Galilea, por tanto, en tiempos de Jesús era la Galilea de los gentiles y de Israel; se convirtió en la imagen del mundo entero en el que convivían israelitas y no israelitas, judíos y gentiles. Era el (micro)cosmos en el que Jesús actuó y cumplió el plan de salvación de Dios para toda la humanidad. En esa tierra Jesús, el Hijo de Dios lo empezó todo, así surgió «una luz grande» de Dios para «el pueblo que habitaba en tinieblas». Tanto es así que él mismo declarará: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Él es la luz que ilumina y revela, con palabras y obras, el verdadero rostro del Dios misericordioso y compasivo que ama y llama a todos a conocer, es decir, a experimentar, su amor para gozar de la vida en abundancia con Dios y en Dios. Todo esto comienza en la Galilea de Israel y de los gentiles.

A este respecto, es significativo que San Mateo, al final de su evangelio, “haga volver” de nuevo a todos, a Jesús y a sus discípulos «a Galilea, al monte que Jesús les había indicado» (Mt 28,16). Allí sucederá la última aparición de Jesús resucitado a los suyos, antes de la Ascensión, y allí les entregará el gran mandato misionero: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos […]. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,19-20). 

Así se cierra el círculo de la misión de Jesús en la tierra: de Galilea a Galilea, y así comienza ahora la misión de sus discípulos, de todos, incluidos los “dubitativos” (cf. Mt 28,17): de Galilea a todo el mundo, cuyo símbolo sigue siendo esa tierra de Zabulón y Neftalí. Aun yendo hasta los confines de la tierra, los discípulos misioneros de Jesús permanecerán místicamente en su Galilea, donde seguirá estando con ellos en sus actividades misioneras «todos los días, hasta el final de los tiempos». Por eso, sus discípulos tendrán también la misma misión y vocación de ser “luz del mundo”, como su Maestro Jesús, luz de Dios que brilla en las tinieblas, en la Galilea del mundo.

2. «Jesús recorría toda Galilea enseñando… proclamando… y curando»

A la luz del simbolismo de “Galilea”, no es casualidad que el evangelista Mateo quisiera ofrecer más adelante una descripción sumaria de las actividades de Jesús: «Jesús recorría [periēgen] toda Galilea, enseñando [didaskōn]… proclamando [kēryssōn]… y curando [therapeuōn]». El remarcar la expresión de «toda Galilea» parece subrayar el carácter “universal” y “omnipresente” de la misión, mientras que los cuatro verbos resumen las cuatro acciones fundamentales de Jesús, el Misionero del Padre por excelencia.

En primer lugar, «Jesús recorría [periēgen]». Y ésta es la primera característica del misionero de Dios, en el sentido de “la más importante”. Incorpora (o sostiene) las demás acciones, en particular esa tríada paradigmática «enseñando [didaskōn]… proclamando [kēryssōn]… y curando [therapeuōn]». El “recorrer” de Jesús refleja una verdad histórica: el Jesús histórico iba de pueblo en pueblo para llevar a cabo la misión que le había confiado el Padre. Él mismo aconsejó a sus discípulos que fueran como Él, pero con una aclaración importante: «No andéis cambiando de casa en casa (Lc 10,7)» (de pueblo en pueblo sí, pero no de casa en casa, ¡quizá para evitar el turismo religioso en lugar del viaje misionero!) Vale la pena recordar aquí lo que Jesús dijo a los primeros discípulos de Cafarnaún, cuando lo buscaron por la mañana temprano después de un día de actividad y lo encontraron en oración solitaria en un lugar desierto fuera de la ciudad: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido [literalmente He salido]» (Mc 1,38). Jesús, el misionero de Dios, que ha salido divinamente del seno del Padre, ahora está siempre “en salida” hacia las aldeas de “toda Galilea”.

Además, como ya hemos dicho anteriormente, en su misión Jesús realizó las tres acciones concretas que incorporan todas las demás. Como subraya San Mateo en el texto, se indica la universalidad de los destinatarios/beneficiarios de estas acciones: «enseñando en sus sinagogas» para los judíos, y «curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» - para los unos y los otros (de hecho, Jesús realizaba curaciones tanto dentro como fuera de las sinagogas).

Se podría hablar interminablemente de esta tríada de acciones, pero nos basta con subrayar aquí que están intrínsecamente ligadas entre sí en las actividades misioneras de Jesús; van juntas y tienen por objeto la liberación y la salvación integrales (cuerpo, alma, espíritu) que Dios quiere realizar por medio de Jesús, su mesías, como afirma el apóstol san Pedro en su discurso antes citado: «Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38). 

Esta tríada será fundamental recordarla y llevarla a cabo para todo misionero de Dios en la escuela de Jesús: enseñar, proclamar, sanar, de la cual el fulcro fue y es siempre proclamar [kēryssō], también traducible como predicar, la buena nueva del Reino de Dios. De hecho, la primera acción y palabra de Jesús que menciona el evangelista es precisamente ésta: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”» (Mt 4,17).

3. «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Una conversión cristiana continua, misionera y ecuménica por el Reino

El anuncio de la llegada del Reino de Dios (llamado aquí “reino de los cielos” para evitar, según la costumbre judía, mencionar directamente a Dios) va acompañado de la cordial invitación a la conversión para acoger esta nueva realidad dada por Dios en Jesús. En efecto, la conversión, o más bien la acción de convertirse, como hemos explicado en uno de los comentarios anteriores, no se limita a un simple abandono de los pecados para volver a Dios; según la etimología de la palabra griega metanoiete “¡conviértete!”, implica también y sobre todo un pensar (noeite) más allá (meta), un ir más allá de los esquemas habituales de razonamiento, para creer en el Evangelio anunciado y realizado por Jesús y abrazar el don del Reino que ha llegado a todos en Él.

Es curioso constatar que, según el Evangelio de Mateo (que escuchamos hoy y los domingos de este año litúrgico A), esta cordial pero apremiante invitación a la conversión por el Reino no fue anunciada por primera vez por Jesús. Ya estaba en boca de Juan el Bautista, que se convirtió así en precursor de Jesús también en el anuncio fundamental del Reino. El anuncio de la proximidad del Reino resonará más tarde en la proclamación de los discípulos de Jesús, enviados por Él para preparar su venida, como les había recomendado su Maestro y Señor: «Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos» (Mt 10,7). Esto implica siempre una invitación a la conversión, es decir, a un cambio de mentalidad y de corazón para acoger el don del Reino en Jesús, y esta exhortación la hace explícita San Pedro al final de su primera predicación el día de Pentecostés: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús…» (Hch 2,38). 

Este anuncio-invitación permanecerá siempre en el corazón de la misión de los discípulos seguidores de Jesús, llamados a trabajar en todo tiempo y lugar por la conversión de todos a Dios, empezando por ellos mismos. Lo proclamó en su tiempo el Beato Paolo Manna, incansable misionero en Birmania y fundador de la actual Pontificia Unión Misional: «Todas las Iglesias para la conversión de todo el mundo», una frase citada también por San Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris Missio como consigna para la misión de la Iglesia hoy.

A este respecto, hay que subrayar de nuevo que la llamada a la conversión se aplica también y sobre todo a todos los cristianos, llamados a ser cada vez más lo que son en virtud del bautismo: “santos e inmaculados en el amor”, “luz del mundo”, o como subraya el Papa Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2022: “profetas, testigos y misioneros del Señor”. Se trata de la conversión continua en la vida de fe de los discípulos, que, debido a la fragilidad humana, no siempre están a la altura de su “santidad” vocacional, como ya les ocurrió a los primeros cristianos de Corinto, que “merecieron” la solemne exhortación del apóstol san Pablo: «Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir» (1Cor 1,10). Hay que recordar que el mismo Señor Jesús rogó al Padre con palabras conmovedoras, antes de la Pasión, por la unidad en el amor de sus futuros discípulos: «para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno» (Jn 17,21.23). 

Recemos, pues:

Oh Señor, haz que sintamos en nosotros Tu corazón enteramente entregado por el Reino de Dios, así como Tu cordial invitación a la conversión a Tu Evangelio de paz y de amor. Ayúdanos a vivir constantemente esta conversión en nuestras vidas, para que lleguemos a ser, contigo y en Ti, la invitación viva, de palabra y de obra, a la conversión al Reino para los que no Te conocen. Y en esta nuestra misión de ser testigos Tuyos y de Tu Reino, ayúdanos, a nosotros tus discípulos, a estar cada vez más unidos en Tu amor, superando las divisiones existentes en nuestras Iglesias y comunidades. Haz que Tu rostro brille sobre nosotros, para que seamos salvados y podamos resplandecer con Tu Luz para todo el mundo. María, madre de Cristo y madre de sus discípulos, ruega por nosotros. ¡Amén!

© All Rights Reserved The Pontifical Mission Societies. Donor Privacy Policy   Terms & Conditions.