Este domingo estamos de frente a un texto muy particular del Evangelio. Este es definido por un estudioso como “un meteorito, caído del cielo joánico en el terreno sinóptico”, porque la forma de hablar de Jesús se distingue de la forma típica de los evangelios sinópticos (Mt, Mc, Lc) y se parece a aquella en el evangelio de Jn, caracterizada por el uso absoluto de las palabras “Padre” e “Hijo” y por el énfasis del “conocer” a Dios y de una revelación reservada. Además, encontramos aquí el único texto que nos da a conocer el contenido de la oración de Jesús durante su actividad pública y se trata de una oración de alabanza y de agradecimiento, así como es sugerido por el verbo griego (exomologoumenai, “alabo/doy gracias”), que corresponde al verbo hebreo yadah, usado frecuentemente en la liturgia bíblico-judaica, que expresa el reconocimiento y el elogio hacia YHWH, el Dios de la alianza (cf. Sal 9,2; 74,2; 110,1; 137,1.4; 2Sam 22,50; especialmente Sir 51,1 y Dn 2,23). Emerge así el carácter particular del pasaje evangélico sobre el que meditamos hoy. Ofreciendo, de seguido, solo algunas notas sumarias sobre el texto, invitamos a todos los lectores a rumiarlo frecuentemente y, sobre todo, a reentrar, una vez más, en el clima místico de aquel momento en el que Jesús pronunció estas palabras llenas de significado, para comprender la profundidad del mensaje que Él quiso dejar a sus discípulos-misioneros de todo tiempo.
Hay que notar que Jesús no dice de haber escondido algo a alguien, como si fueran indignos de su revelación, sino que habla solo del rechazo, por parte de los así llamados sabios, en relación a su enseñanza sobre “estas cosas” divinas que Jesús anuncia y realiza en palabras y obras. Estamos delante de una constatación de estilo profético veterotestamentario. El fondo interesante a este respecto podría ser el texto de Is 29,9-14.17-19.24, en el que el profeta denuncia con fuerza la impiedad y la dureza del corazón, que hacen imposible la escucha de la palabra de Dios (cf. también Jer 9,22-23; Is 44,25b). Es significativo que San Mateo evangelista, a diferencia de los pequeños matices de los textos paralelos de Mc y Lc, haya reportado por extenso, en una de sus frecuentes “citas de cumplimiento” (citación veterotestamentaria que se cumple con y en Jesús) el pasaje del mismo profeta Isaías, para constatar la triste realidad de que muchos del pueblo no han entendido la enseñanza de Jesús y, de consecuencia, no Lo han seguido:
Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído,
han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure” (Mt 13,14-15; cf. Is 6,9-10).
Aquí tenemos un pensamiento importante y muy conocido en la teología cristiana del primer siglo, que encuentra eco también en Jn 12,37-43, donde, como hace el evangelista Mateo, cita todo el texto de Is 6,10 para explicar el fracaso de la predicación y de la acción evangelizadora de Jesús. Por tanto, el misterio de los “secretos” de la revelación divina, está reservado exclusivamente a quien es dócil y está listo a acogerlo, como dicen también los textos de Dn 2,23 y Sir 4,11-19 a propósito del hacer de la Sabiduría en relación a sus discípulos.
Así, Dios en Cristo Sabiduría continúa a revelarse a todos, aunque lamentablemente “los sabios y doctos” de este mundo se cierran en su sabiduría y por eso responden reiteradamente: “¡Otro día te escucharemos!”. Solo quien se reconoce “pequeño” y, por eso, necesitado de Dios, se abre para acoger con alegría su revelación y salvación. Dios, en su amor infinito, hace constantemente llover sobre todos, pero solo quien sale del “escondite” de su propio “yo” recibirá el agua de la vida en Cristo. Y los “pequeños” discípulos-misioneros de Cristo, una vez recibida la revelación y la salvación divinas, ofrecen alabanzas y, gracias a Dios, junto con Cristo y continúan a compartir con toda la humanidad “estas cosas” divinas sin celos y sin ahorrar nada, según la propia voluntad de Dios en Cristo «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4).
Esta declaración del conocimiento exclusivo entre el Padre y el Hijo resuena en la relación entre la sabiduría personificada y Dios. De hecho, según el testimonio de los textos veterotestamentarios, la Sabiduría está junto al Padre desde el principio, solo el Padre la conoce (Job 28,25-28; Sir 1,1-10; Bar 3,27-38) y solo la Sabiduría conoce la voluntad del Padre (Sab 8,3-4; 9,4.9-18). Hay que recordar que el verbo hebreo “conocer” incluye el conocimiento y el amor, y expresa una relación interpersonal e íntima. Hay que notar, además, que en Sab 2,13.16, el justo, que al mismo tiempo es hijo de Dios, siervo y sabio, rechazado y perseguido, proclama poseer “el conocimiento de Dios y se declara siervo (o hijo) del Señor y se enorgullece de tener a Dios por padre”. Tenemos aquí una expresión de una gran densidad teológica da’at Elohim “conocimiento de Dios”, sobre el cual insisten los profetas y los sabios bíblicos, como se ve, por ejemplo, en la célebre proclamación de Dios en Oseas, citada dos veces por Jesús: «Quiero misericordia y no sacrificio, | conocimiento de Dios (da’at Elohim), más que holocaustos» (Os 6,6; cf. también Is 11,2.9). De estos ecos bíblicos, se clarifica el ulterior aspecto fundamental del conocimiento de Dios Padre por parte del Hijo que se revela a sus “elegidos”. Se trata, sobre todo, de un conocer la voluntad de Dios, su amor, sus mandatos, sus planos de salvación para la humanidad, sus caminos, su actuar en el mundo. En primer plano, por eso, se acentúa el conocimiento del carácter concreto sapiencial-existencial. Este es el objeto primario de la revelación del Hijo que lleva sucesivamente a la alta contemplación de los misterios de la naturaleza de Dios.
Según el Antiguo Testamento, el pleno conocimiento de Dios YHWH por parte del hombre, acontece solo al final de los tiempos y exclusivamente gracias a la benevolencia divina. Se trata de la realización de un sueño y de una invitación que Dios hace a su pueblo (cf. Os 6,3; 8,2; Sal 36,11; Prov 3,6; también Is 11,9). Sobre esta estela, los profetas Jeremías e Isaías anuncian la visión escatológica del tiempo de la nueva alianza, cuando Dios escribirá su ley “directamente” en el corazón de los creyentes (cf. Jer 31,34) o, en otras palabras, «Tus hijos serán discípulos del Señor» (Is 54,13). Que esto fuera tenido presente en los tiempos de los evangelistas lo atestigua la cita de la afirmación isaiana, colocada en boca de Jesús en Jn 6,45, que se subraya en el mismo discurso sobre el pan de vida «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44).
Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy parecen encontrarse en esta óptica teológica. Es Dios Padre la fuente originaria de la revelación y corresponde a Él, según su beneplácito (eudokia), revelar o esconder el conocimiento perfecto de Él. Sin embargo, aquí aparece la figura de Jesús como agente exclusivo y autorizado de esta revelación, siempre de acuerdo a la voluntad de Dios Padre: «Todo me ha sido entregado por mi Padre» y, de consecuencia, «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27; Lc 10,22). Como indicábamos antes, la perspectiva teológica de la revelación adquiere su plena dimensión cristológica en el lenguaje de la Sabiduría bíblica. Este aspecto es acentuado todavía más en Jn 12,49-50: «Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. (…) Lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre». Y será evidenciado también y sobre todo en Jn 17,25-26, en la conclusión de la “oración sacerdotal” de Jesús: «Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».
Los sabios bíblicos han mostrado una cierta sospecha hacia los autoproclamados sabios, como se lee en Prov 26,12: «Más se puede esperar de un necio | que de uno que presume de sabio». Es lo que el profeta Isaías denuncia: «¡Ay de quienes son sabios a sus propios ojos | y se creen inteligentes!» (Is 5,21). En esta misma línea se coloca la invitación de Jesús “Venid a mí”, que concluye el discurso en Mt 11,28-30 y que es dirigido a los “cansados y agobiados” o, literalmente, a los “sobrecargados”. Se trata de las categorías de los hombres pequeños y, de alguna forma, ultrajados, olvidados y marginados en la sociedad. El dicho de Jesús encuentra su paralelo en el evangelio apócrifo de Tomás 90 (“Jesús ha dicho: Vengan a mí, que mi yugo es leve, dulce mi señoría, y encontrarán descanso para ustedes”) y se refleja también en la Didajé 6,1-3 (“Cuídate de que ninguno te haga desviar de esta enseñanza […], porque si puedes cargar todo el yugo del Señor, será perfecto; pero si no puedes, ¡haz lo que puedas!). En cambio, el trasfondo bíblico de las palabras de Jesús, como indican los exégetas, es el discurso de la Sabiduría en Sir 6,23-31 (cf. también Sir 51,23-28; Jer 6,16), que ofrecemos aquí para una comparación:
Escucha, hijo, acepta mi opinión, […]
Mete los pies en sus cepos [de la Sabiduría] y el cuello en su yugo.
Doblega la espalda y carga con ella, | y no te rebeles contra sus cuerdas.
Acércate a ella con toda tu alma, | y con toda tu fuerza custodia sus caminos.
Síguela, búscala, y se te manifestará, | y, una vez alcanzada, no la sueltes.
Porque al final hallarás su descanso, | y se convertirá en tu alegría; sus cepos serán tu baluarte, | y sus cuerdas, un vestido de gloria; adorno de oro será su yugo, | y sus coyundas, cintas de púrpura.
Como vestido de gloria te la pondrás, | y como corona de júbilo te ceñirás con ella.
La comparación con los textos de Sir demuestra que, como notan algunos estudiosos, Jesús quería hacer entender a los oyentes que Él estaba hablando en la persona de la Sabiduría divina, ¡con una clara “autoconsciencia trascendente”! y con la metáfora bíblico-judía de la enseñanza (de Dios) (cf. Jer 2,20; 5,5). Tanto es cierto que se habla del yugo de los fariseos y de los escribas en Mt 23,4 // Lc 11,46. Se acentúa también el yugo de la sabiduría, identificada con la Ley Mosaica (cf. Sir 51,26; también 6,24). De aquí que la tradición rabínica recomienda con insistencia el yugo de la Torah: quien lo asume, se libera del yugo del Reino (se entiende “terreno”) y del yugo de las preocupaciones mundanas; quien lo rechaza, ¡sobre él será impuesto el yugo del reino (se entiende “terreno”) y del mundo! Hay que notar el juego en la pronunciación de la frase “mi yugo es ligero (chrēstos) que en griego suena como christos “Cristo”.
El descanso, subrayado por Jesús dos veces con las palabras de la misma raíz y de rara densidad teológica anapausō (Mt 11,28.29), se refiere con mucha probabilidad al descanso escatológico. El término recorre, por otra parte, en el Sal 95 y es tratado extensamente en Hb 4, donde se explica que el verdadero descanso prometido por Dios para su pueblo acontece solo en Cristo al final de los tiempos. Es necesario recordar, a tal propósito, que en el AT solo la Sabiduría (y ningún sabio) promete el descanso (Sir 6,28) y la vida (Prov 8,35-36), ¡paralelamente a Dios que hizo, a través de los profetas, las mismas promesas que se cumplirán en la época mesiánica! (cf. Jer 6,16; 31,25).
El descanso prometido por Jesús será el divino, que es reservado a aquellos que están dispuestos a asumir sobre sí el “yugo” de la dulce revelación del amor de Dios por la humanidad. Ellos, los “pequeños”, los “elegidos”, «corren y no se fatigan, | caminan y no se cansan.» (cf. Is 40,31) en el camino del anuncio del evangelio de Cristo, compartiendo con todos los otros el conocimiento de Dios revelado a ellos por Cristo.
Oremos, entonces, (con las palabras de la Colecta alternativa del Misal italiano para el Domingo XIV, Año A):
¡Oh Dios!, que te revelas a los pequeños y donas a los humildes la herencia de tu reino, haznos pobres, libres y exultantes a imitación del Cristo, tu Hijo, para llevar con Él el yugo suave de la cruz y anunciar a los hombres el gozo que viene de ti. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.
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