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Historias

La fe reencontrada en la misión “en el extranjero”

16 ago, 03:00 a. m.
En esta reflexión, el P. Anh Nhue profundiza en el encuentro entre Jesús y la mujer cananea en la región de Tiro y Sidón. A través de su clamor, perseverancia, humildad y confianza, esta madre extranjera se convierte en un poderoso testimonio de gran fe y en un recordatorio de que la misión de Cristo se extiende a todos los pueblos.

 

El evangelio de este domingo nos ofrece un episodio conmovedor, que se desarrolla durante el camino de la misión de Jesús con los apóstoles en «la región de Tiro y Sidón», es decir, fuera de la tierra de Israel. En aquella región “extranjera” ocurre un encuentro aparentemente no programado con una mujer cananea, una “no hebrea”, una “pagana”. Ella, aun siendo probada por la situación crítica de su familia y por un insólito y frío tratamiento por parte de Jesús, demostró una madurez de fe que meritó un lindo elogio por parte de Él frente a sus discípulos: «Mujer, qué grande es tu fe». Veamos más de cerca algunos detalles-paradojas en el relato, para comprender más lo que la Palabra de Dios quiere enseñarnos hoy.

1. El grito conmovedor de una madre cananea versus el comportamiento insólito de Jesús. Una lección importante sobre la fe para los discípulos.

Tenemos que analizar, sobre todo, la petición conmovedora de la mujer que vino a Jesús gritando: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». La acción de gritar deja entrever la desesperación de la mujer y nos hace desesperar con ella, pero el contenido de su grito nos conmueve más aun, cuando lo entendemos desde el corazón de una madre. Es su hija la que está mal, pero ella no imploraba a Jesús “¡Ten piedad de mi hija!”, sino “¡Ten piedad de mí!”. Pide así porque los dolores de su hija son sus dolores y lo que atormentaba a la hija, causa el mismo tormento a la madre (¡Vean a una madre y ella entenderá de inmediato de lo que estoy hablando! [Solo parafraseando la retórica de San Agustín]). En el grito de esta mujer cananea se encuentra todo su corazón abatido por una situación desesperada, que la empuja a agarrarse a su última esperanza, a Jesús, de quien confiesa creer llamándolo con los títulos que los israelitas reservaban al Mesías, al Cristo de Dios: «Señor Hijo de David». Y repetía su humilde petición-confesión de fe una y otra vez con el acto de postración y súplica: «Señor, ayúdame». 

En esta escena desgarradora, sorprende la frialdad insólita de Jesús, que ha sido siempre misericordioso y compasivo frente a la miseria humana. Al inicio, «Él no le respondió nada» y, después, cuando comenzó a hablar (forzado por la insistencia de los discípulos), pronunció frases poco acogedoras y ofensivas para la mujer, ¡usando la imagen de los “perritos” para referirse a la gente no israelita como ella! ¿Por qué acontece aquí lo que nunca había sucedido antes con Jesús en ninguna parte?

Todo será clarificado con la alabanza final de Jesús por la gran fe de la mujer que realizó delante de sus discípulos, los que, frecuentemente, eran reprendidos por Él como “hombres de poca fe” (como escuchamos en el evangelio de la semana pasada con el caso de Pedro). Desde el inicio, Jesús con mucha probabilidad ha “visto” interiormente el corazón lleno de fe de la mujer, aunque si literalmente la “ignoraba”. Jesús probablemente ha querido colocar a la mujer a prueba (con su aparente frialdad y descortesía), para que su fe emergiera con todo su esplendor, como una lección para los discípulos. Hay que notar que Jesús siempre estaba con la mujer y no ha escapado de ella, ni la despidió. Además, aquí se podía aplicar espiritualmente la regla divina que San Pablo ha enseñado a los Corintios: «No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla» (1Cor 10,13). Por eso, Jesús mismo, al probar la fe de la mujer, le dará misteriosamente la fuerza y la lucidez para superar la prueba con una respuesta llena de sabiduría y paciencia sobrehumanas.

2. El curioso tira y encoge entre Jesús y la mujer, y una clarificación necesaria sobre la misión de Jesús

En esta óptica, el diálogo entre Jesús y la mujer aparece altamente iluminado en el plano espiritual, aunque las declaraciones de Jesús suscitan perplejidad en no pocos oyentes y, por tanto, necesitan una explicación y una atención particulares.

En primer lugar, es interesante notar que cuando Jesús afirma cuál es el principio de su misión divina: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel», de hecho, estaba yendo más allá. En efecto, ¡estaba en Tiro y Sidón! Su misión ya fue extendida “al extranjero” y, con la curación concedida a la hija de la mujer, los beneficiaros de la misión no están más limitados entre las «ovejas descarriadas de Israel». Esta misión de evangelización para todos los pueblos será después explicitada y encomendada por el Cristo resucitado antes de ascender al cielo (cf. Mt 28,16-20).

Por otra parte, como hemos explicado en algunos comentarios precedentes, se confirma la validez perenne de la precedencia de Israel en la misión de Jesús. Esto está en conformidad con la promesa de Dios y su plan de salvación para su pueblo y para todo el mundo, Jesús, el Mesías de Dios, ha venido para cumplir fielmente el proyecto divino para Israel y para la humanidad. El focus primario de su misión era y será siempre el Pueblo de Dios que ha escogido en el amor y al que Dios ha reservado tantos beneficios, a pesar de todas sus infidelidades en la historia. Por eso, resulta comprensible el principio que Jesús ha afirmado a la mujer a través de una frase que, aunque si se tratase de un proverbio, podría golpear la sensibilidad de algunos, sobre todo de la mujer sufriente que estaba esperando ayuda: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Sorprende la respuesta sabia y paciente de la mujer que, como hemos subrayado en precedencia, hablaba con una fuerza y lucidez sobrehumanas, recibidas de Dios en manera misteriosa. Esta respuesta confirma la predilección divina por “los hijos”, pero ¡también recuerda la misericordia para todos los “perritos”! Su agudeza suscitó la sorpresa de aquel que ha puesto a esa cananea a prueba: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

3. La “gran fe” de la mujer extranjera versus la de los discípulos

La madre desesperada era sostenida verdaderamente por Dios para permanecer paciente, pero insistente durante el encuentro con Jesús. De esta forma, ella ha dado a todos una lección sobre la fe que hace milagros en la vida con el Señor. Pero lo que quisiera enfatizar aquí no es solo la perseverancia y la constancia en el implorar al Señor en las situaciones difíciles. De nuestro relato se puede comprender también otro aspecto importante en la vida con Dios. De vez en cuando, alguno de nosotros se puede encontrar en una situación similar a aquella de la mujer cananea. Puede suceder que cuando se tiene necesidad de ayuda de lo alto, se grite al Señor y no haya respuesta. Aún más, cuando tu continúas a implorarlo más, acontece algo peor, de tal manera que tu fe es llevada al extremo. Recuerda, entonces, el caso de la mujer cananea, el Señor permanece contigo y sostiene misteriosamente tu fe con su gracia, incluso si se comporta de manera fría e indiferente delante de tu necesidad concreta. Probablemente Él está permitiendo que tu fe, en la prueba, sea encendida siempre más para aquellos que tienes alrededor, sobre todo para sus elegidos “apóstoles” en crisis de fe, obispos, sacerdotes, frailes o religiosas que sean. Él hará ver a ellos tu gran fe en medio de las dificultades, para enseñarles cómo creer y vivir verdaderamente con Dios. Así, te transformarás, con tu misma vida, en el discípulo-transmisor de la fe, como la mujer cananea del evangelio de hoy.


 

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