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Historias

La verdadera misión del Cristo de Dios y de sus discípulos

30 ago, 03:00 a. m.
En esta reflexión, el P. Anh Nhue profundiza en el momento en que Jesús revela la verdadera naturaleza de su misión después de la profesión de fe de Pedro. Cristo muestra que el camino del Mesías pasa por el sufrimiento, la cruz y la resurrección, invitando a cada discípulo a pensar según Dios, tomar la cruz y seguirlo en la misión de salvación.

 

Por P. Anh Nhue

Al final del evangelio del domingo pasado, después de la profesión de fe de Pedro, Jesús «les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías». ¿Por qué hizo esto después de haber confirmado la verdad de las palabras pronunciadas por Pedro con un excelso elogio? Encontramos la respuesta a esta pregunta justamente en el evangelio de hoy, que es continuación del de la semana pasada. Jesús, profesado el Cristo, el Hijo del Dios viviente, revela ahora su verdadera misión como Cristo-Mesías para la salvación del mundo según el plan divino. Que la resistencia de Pedro a esta revelación haya provocado una reacción tan vehemente de Jesús, hace entender que Él quiere no solo iluminar a sus discípulos sobre el proyecto divino que hay que cumplir, sino que también es una invitación implícita a comprender y a adherirse a la misma misión del Maestro. Las palabras de Jesús hoy, por eso, resultan fundamentales para la misión de los discípulos de todo tiempo y merecen una particular profundización en perspectiva misionera. Los tres puntos que siguen, sirven solo como notas introductorias para una reflexión personal más amplia.

1. «En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar… que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho…»

Hay que precisar para el evangelio de hoy el contexto temporal de la enseñanza de Jesús. En varios leccionarios, se inicia con el clásico “En aquel tiempo” (del latín “In illo tempore”), que resulta demasiado genérico e insuficiente para comprender el significado de las acciones y palabras de Jesús. El relato del evangelista Mateo, en cambio, contiene la frase “desde aquel momento” para subrayar la estrecha relación entre nuestro episodio y el precedente de la profesión de fe de Pedro. En otras palabras, lo que sucede hoy está ligado intrínsecamente con la profesión de fe de Pedro y, junto con ésta, marca efectivamente el punto crucial de la misión de Jesús. Después y solo después de haber sido confesado como el Mesías de Dios, Jesús reveló la verdadera naturaleza de su misión «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho…».

Se trata de una frase emblemática sobre la misión que Jesús habrá cumplido con su vida, pasión, muerte y resurrección. Hay que subrayar que el vocablo usado “debía” no indica una fatalidad de acontecimientos, sino el plan por realizar según la voluntad de Dios. Este matiz teológico del verbo analizado se acentúa más frecuente y fuertemente en el evangelio de Lucas. Así, por ejemplo, en el relato de la aparición sobre el camino de Emaús, el Cristo resucitado ha llamado la atención a los dos discípulos diciéndoles “torpes y duros de corazón” y haciéndoles una pregunta retórica: «¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?» (Lc 24,26). Es el misterio de la verdadera misión del Mesías de Dios, la cual pasa también por el momento de la pasión y de la cruz, no porque Él lo buscara voluntariamente o lo sufriera pasivamente, sino porque simplemente Jesús, el Cristo, adhería fielmente al proyecto de Dios pensado para Él en vista a la salvación del mundo («¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres»; Mc 14,36). Él, por tanto, en el episodio evangélico de hoy, ha comenzado a introducir a sus discípulos en el misterio de su verdadera misión, para prepararlos a comprender el plan divino para el Mesías, como fuera preanunciado en los profetas. Se trata de la Sabiduría de la cruz, de la cual hablará Pablo apóstol. A ella son invitados todos los discípulos de Cristo crucificado y resucitado, para llevar adelante la misma misión de evangelización en el mundo.

2. «Ponte detrás de mí, Satanás!». Una “transformación” curiosa de Pedro apóstol, de piedra de “piedra de fundamento” a “piedra de tropiezo”

La primera reacción espontánea de Pedro a la revelación de la cruz de Cristo, ha demostrado la visión tradicional que todos tenían sobre la llegada del Mesías – Salvador de Israel (el que viene en el poder y la gloria de Dios). Aún más, en aquella ocasión, Pedro se ha permitido el lujo de “reprender” a su maestro, si bien solo “aparte”: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». A esto ha seguido una vehemente reacción de dura reprensión de Jesús a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios». Son palabras durísimas, nunca escuchadas de la boca de Jesús, ¡que no llamó nunca a nadie con el nombre diabólico “Satanás”! (Excluyendo, obviamente, cuando denunció al mismo Satanás en la última tentación en la narración de Mateo).

Por una parte, esta reacción de Jesús deja ver toda la gravedad del caso. Está en juego una cuestión de vida o muerte para quien quiere seguir siempre la voluntad de Dios, incluso para su Mesías. Por otra parte, el apóstol Pedro, que un poco antes recibiera el elogio de Jesús por su profesión de fe bajo la inspiración divina, se transforma ahora incluso en “Satanás”, el personaje diabólico que intenta siempre de obstaculizar y desviar a los hombres de la vida de Dios. De un momento a otro, Pedro – “piedra de fundación” de la iglesia, muda en “escándalo” para el Maestro, es decir, una “piedra de tropiezo”, «porque tú piensas como los hombres, no como Dios». ¡Kyrie eleison!

¡Qué transformación “espectacular”! Todo lo que acontece con Pedro, se transforma en advertencia para todo discípulo de Cristo a lo largo del tiempo. ¡Oh, discípulo de Cristo, si no estás atento a permanecer siempre en el Señor, puedes terminar siendo un instrumento de Satanás sin ni siquiera darte cuenta, cuando «tú piensas como los hombres, no como Dios», cuando sigues el proyecto de los hombres, según la mentalidad del mundo, por más bello y útil que sea, pero no el de Dios que se muestra en Sus palabras referidas en las Escrituras, aunque sea difícil de realizar o pueda costarte incluso la vida!

Por tanto, he aquí la exhortación cordial (y tan apropiada hoy) de San Pablo a los fieles de Roma y, de forma general, a los discípulos de Cristo: «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Para esto, las palabras de Dios tienen un rol fundamental para una conversión continua de la mente y del corazón, para que estén siempre bajo la iluminación, la inspiración y la guía del Espíritu de Dios. Esto es fundamental en la vida de los discípulos de Cristo, así como lo fue en la de Pedro, y lo será todavía más en su empeño por continuar la misión de su Maestro y Señor. A propósito, hay que recordar una enseñanza importante del Papa Francisco en el Mensaje para la Jornada Misionera Mundial de 2023, a propósito de su comentario sobre el episodio de Emaús: 

«Si el Señor no nos introduce es imposible comprender en profundidad la Sagrada Escritura, pero lo contrario también es cierto: sin la Sagrada Escritura, los acontecimientos de la misión de Jesús y de su Iglesia en el mundo permanecen indescifrables» (Carta ap. M.P. Aperuit illis, 1). Por ello, el conocimiento de la Escritura es importante para la vida del cristiano, y todavía más para el anuncio de Cristo y de su Evangelio. De lo contrario, ¿qué trasmitiríamos a los demás sino nuestras propias ideas y proyectos? Y un corazón frío, ¿sería capaz de encender el corazón de los demás?

Y un corazón que piensa solo según el mundo, ¿podrá alguna vez ofrecer y explicar a los otros la vía recta del Señor?

3. El coraje y la sabiduría de perder la propia vida en la misión

En la severa reprensión a Pedro, Jesús no lo ha mandado “a casa” porque Pedro ha caído miserablemente en la común mentalidad mundana sobre la misión del Mesías de Dios. Jesús no ha dicho a Pedro “aléjate de mí”, como había dicho a Satanás (“lejos de mí, Satanás”). Él ha comandado a Pedro «¡Ponte detrás de mí!», para exhortarlo a colocarse otra vez en la posición del discípulo que va detrás del Maestro para seguirlo. Estas palabras tienen el valor de una segunda llamada, antecedida por aquella primera “Sígueme” a las orillas del lago de Genesaret. Estas también son válidas para todos los discípulos y, por tanto, Jesús seguidamente impartió a ellos un discurso, llamado del seguimiento, explicando los principios para seguirlo en la vida y en la misión. Él parte de una clara petición, motivada por una declaración de carácter existencial sapiencial: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará». Sin entrar en un análisis detallado de este discurso de Jesús de denso significado, subrayo solo un punto fundamental: Jesús, que pide a sus potenciales seguidores de modo tan exigente y hasta intransigente, es aquel que ya recorrió ese camino, siguiendo en primera persona los principios expuestos de renegarse a sí mismo por Dios, de tomar la propia cruz, de perder la vida para después reencontrarla. Se trata de la dinámica de la semilla que cae en la tierra y muere para hacer nacer la nueva planta, como Jesús había hablado en otra ocasión. Se trata, entonces, de una exhortación sapiencial (para una sabiduría de la vida), pero muy “personal” de Jesús, que promete efectivamente la verdadera vida a cualquiera que «pierda [su vida] por mí». Jesús parece aquí como un sabio que enseña la vía para llegar a la verdadera vida. Esta vía, empero, resulta identificable en Él mismo y en su mensaje, y en su misión, que confiará a los discípulos-misioneros del mundo. 

Oremos, por tanto, en conclusión, con las palabras de un popular canto litúrgico italiano, en comunión con toda la Iglesia y con el Santo Padre en su viaje apostólico-misionero a Mongolia en estos días:


Toma mi vida, tómala, Señor

Y que tu flama arda en mi corazón.

 (…)

Concédeme, Señor, donarme a ti

Y que tu luz esplenda delante de mí.

Seguiré tu paso, Rey crucificado

Y al seguirte viviré de Ti.


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