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Historias

La misión de la reconciliación en Cristo

6 sept, 03:00 a. m.
En el Evangelio de Mateo, Jesús enseña a sus discípulos cómo vivir la corrección fraterna dentro de la comunidad creyente. Esta reflexión muestra cómo la corrección, cuando nace de la presencia de Cristo y de la caridad, se convierte en un camino de reconciliación, unidad y testimonio de la misión de la Iglesia.

 

Por P. Anh Nhue

El evangelio de este domingo ofrece la instrucción sobre la corrección fraterna entre los miembros de la comunidad de los fieles en Cristo. Se trata de indicaciones concretas al interno del llamado “Discurso eclesial” (o sobre la Iglesia) del capítulo 18, en el que el evangelista San Mateo reagrupa las enseñanzas de Jesús reguardantes a la relación entre los hermanos y las hemanas de la comunidad. Las palabras escuchadas parecen hoy muy claras e indican pasos concretos a seguir, casi como si fueran un manual de la ley que se tiene que aplicar en el caso específico de «Si tu hermano peca contra ti». Ellas no pueden ser ignoradas (sería muy complicado hablar con alguien con el que tuvimos una relación difícil), ni adoptadas de manera errada (usar el reglamento para ajustar cuentas personales). Todo tiene que ser interpretado en sentido justo, teniendo presente el contexto literario-espiritual de estas indicaciones, a partir de la importantísima declaración de Jesús al final del pasaje sobre su presencia en medio a los discípulos reunidos en su nombre.

1. «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». El principio de la presencia constante de Cristo entre sus discípulos

Se trata de una verdad teológica que Jesús ha subrayado al final de la instrucción sobre la corrección fraterna. Así, esta ilumina todo el proceso que Él ha recomendado a sus discípulos. Por sí misma, esta declaración final de Jesús hace referencia directamente a las palabras del ángel a San José al inicio del evangelio de San Mateo, con respecto a la identidad del Mesías que está por nacer y que será el Enmanuel –Dios con nosotros. Por otra parte, esta señala también la última afirmación de Jesús resucitado a los discípulos antes de ascender al cielo y después de haberlos mandado en misión a todo el mundo: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20b). Se resalta así la presencia mística de Cristo entre sus discípulos, en su vida y misión, y también donde hay dos o tres reunidos en su nombre.

Para una profundización, hay que recordar aquí el dicho casi paralelo en la tradición rabínica: «si dos están juntos, ocúpate en las palabras de la Torah, la shekinah habita entre ellos» (m.Abot 3,2), donde la shekinah indica la presencia inmanente de Dios en el mundo que tiene un fuerte ligamen con la visión bíblico-judaica de la habitación divina en el pueblo, desarrollada en las tradiciones sucesivas. La forma paralela de los dos dichos, aquel de Jesús y el de los rabinos, permite trazar dos correspondencias divinas. El dicho jesuánico resulta todo centrado en Jesús: es cristocéntrico, a diferencia del dicho rabínico que es Torah-céntrico o teocéntrico.

A este propósito, la declaración analizada de Jesús viene después de la instrucción de Mt 18,19-20 («si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos»). Esta última ilumina y clarifica, en lo específico, la presencia prometida de Jesús. En efecto, in primis esta afirma la eficacia de la oración en común, es decir, ¡al menos en dos! La motivación es la señalada presencia jesuánica en medio de los suyos. Por eso, el reunirse “dos o tres” se refiere sobre todo a la reunión con el fin de “pedir al Padre” o, generalmente, al culto, como sugiere el énfasis “en mi nombre”. La presencia de Jesús en medio a los reunidos en su nombre tendrá una fuerte dimensión cúltica o “litúrgica” orientada hacia el Padre. Él estará presente no tanto para recoger alabanzas y adoraciones, cuanto para orar al Padre junto con ellos. Esta presencia, y nada más, garantiza la escucha del Padre. Esta es también la perspectiva de algunas afirmaciones del evangelio de Juan: “lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé” (cf. Jn 15,16; 16,23.24.26).

Se trata, por tanto, de una presencia no estática, sino dinámica. Como en el caso de la shekinah, Jesús estará presente en medio de los fieles, pero ahora con la misión precisa de caminar junto a ellos para garantizarles la gracia y la benevolencia de Dios Padre. Este principio de la presencia mística y dinámica de Jesús con la vida y misión sus discípulos, será fundamental para aquel que tendrá la tarea/deber delicada y no fácil de “corregir” al hermano por la “culpa” cometida. Cuando ellos, dos o tres o toda la iglesia-comunidad, se reúnen ¿lo hacen en su nombre o en nombre propio?

2. «Si te hace caso, has salvado a tu hermano». Al corrección fraterna al interno de la misión de la reconciliación en Cristo 

Cuanto se ha evidenciado más arriba, nos muestra el verdadero espíritu con el que se necesita aplicar los pasos concretos de la corrección fraterna. Es necesario hacerla cuando hay necesidad, pero siempre como Cristo el buen pastor, es decir, con amor, dulzura y mansedumbre (¡No es una casualidad que la parábola del buen pastor es reportada por el evangelista Mateo justamente antes de la primera indicación sobre la corrección fraterna que hemos escuchado!). San Pablo será todavía más explícito, mencionando la mansedumbre entre los frutos del Espíritu en la vida nueva y sugiriendo a los fieles Gálatas: «Hermanos, incluso en el caso de que alguien sea sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre; pero vigílate a ti mismo, no sea que también tú seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo». (Gal 6,1-2).

Sobre la misma estela, encontramos la enseñanza del apóstol a los fieles romanos en Rm 13,8-10 (que tenemos en la segunda lectura): «A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley». Y concluye con palabras iluminadoras para nuestra reflexión: «El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor». Por tanto, la corrección fraterna, la de los hermanos en Cristo, no tiene y no deberá tener otra motivación que la caridad fraterna. Esta corrección no deberá escapar de esta caridad fraterna que «no hace mal a su prójimo».

De este modo, la corrección fraterna se efectúa al interno de la reconciliación en Cristo. En otros términos, la corrección entre los hermanos se hace en el contexto más amplio de la reconciliación constante con Dios en Cristo, porque el reconciliarse con los hermanos está intrísicamente conectada con la que se realiza con Dios. Se trata de la misión de la reconciliación para con todo el mundo, porque Cristo a enviado a él a sus discípulos-misioneros. Todo discípulo de Cristo, por eso, sea el que corrige como el que es corregido, escuche y asuma esta reflexión exigente y profunda de San Pablo como una invitación final: «Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2Cor 5,19-20). 

3. «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35).  El principio de la unidad en el amor entre los discipulos para la credibilidad de la misión en Cristo 

En esta óptica, comprendemos ahora el significado “misionero” de todo acto de corrección y reconciliación fraterna. Se trata del estar unidos en el amor para la credibilidad misma de de la misión de evangelización/reconciliación de Cristo y de la iglesia-comunidad de sus discípulos-misioneros. Jesús ha insisitido mucho sobre el amor mutuo entre los suyos, definiéndolo como su mandamiento nuevo y enfatizando la importancia que tiene como testimonio de la pertenencia a Él delante de los hombres: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos». Él mismo ha orado por todos los suyos, los del presente y los del futuro, «para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). ¡Que todos nosotros, sus discípulos, tengamos el corazón de Cristo para la unidad en el amor y tengamos siempre en mente este deseo del Maestro en todas nuestras acciones!

Concluimos con las palabras inspiradas de San Pablo a los Tesalonicenses. Estas son también un deseo del Señor para todos nosotros, su discípulos-misioneros de hoy, en medio a las varias correcciones necesarias a causa de las debilidades humanas: «que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos a vosotros; y que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos». (1Tes 3,12-13).


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